PSYCHOECONOMY
18nov/110

Los Billetes del Infierno (y una maleta un tanto macabra).

Hell Bank Notes, el dinero de los muertos: del dinero del más allá al más allá del dinero.

Se conoce como Hell Bank Notes* (dinero de muertos) a unos billetes que desde el siglo XIX son utilizados en muchas regiones de Oriente para honrar y agasajar a los ancestros. Se trata de falso papel moneda que se adquiere habitualmente en atados y que se utiliza de diferentes maneras: o bien incinerándolo a manera de ofrenda, o bien arrojándolo al viento en las procesiones funerarias, simplemente dejándolo en los altares que honran a los ancestros o quemándolo en las piras funerarias que se realizan anualmente durante el Festival del Espíritu Hambriento (una especie de Día de Todos los Muertos chino). Habitualmente, estos billetes tienen en su frente grabada la imagen del Emperador de Jade, el gobernante del Cielo y la Tierra. En su dorso, llevan la del Hell Bank (Banco del Infierno). En otros casos, en lugar del Emperador de Jade se pueden encontrar otras figuras de la religión y la mitología chinas como por ejemplo, Buda, los Genios Ocho Inmortales o los dragones Yinglong, Fucanglong, Shenlong, Dilong, Tianlong, Li o Jiao. Debido a la creciente “occidentalización” china, también se encuentran en ocasiones billetes con los retratos de personajes tales como JFKeneddy, Marilyn Monroe o Albert Einstein.

Si bien hasta no hace mucho los difuntos eran honrados con algunos billetes de muerto y posiblemente también algo de comida, el gran crecimiento económico de los últimos tiempos y la consecuente ambición de una naciente clase media en el país han motivado que las ofrendas sean cada vez más sofisticadas. Así, hoy pueden encontrarse en los comercios dedicados a tal fin toda clase de objetos ya sea personales –peines, cepillos dentales, toallas, pantuflas-, electrónicos –plasmas, ordenadores, telefonía móvil-, financieros –tarjetas de crédito, chequeras-, objetos suntuarios -desde automóviles y casas hasta incluso sirvientes. Todo esto realizado en papel barrilete o en papel maché, a fin de asegurarse de que el difunto no pase necesidades una vez “del otro lado”. Dada la desmesurada proliferación en la comercialización de esta clase de objetos supuestamente votivos y ligados al ámbito religioso, las autoridades se han planteado poner ciertos límites por una cuestión de recato. Pero el hecho es que estos ya forman parte de la mitología popular, de sus usos y costumbres, y circulan profusamente.

No puedes llevártelo contigo

La existencia de un posible más allá de la muerte se presenta como uno de los grandes interrogantes del ser humano, que la ha abordado desde diferentes perspectivas científicas, religiosas, psicológicas, sociológicas, etcétera. Si bien muchas culturas creen en que no todo termina al morir el hombre, sus puntos de vista divergen. Para algunas,  tanto el cuerpo como el alma poseen la potencial capacidad de sobrevivir.  Para otras, sólo subsistiría el alma. Esta podría a su vez, según los casos, reencarnar en otros cuerpos o quedar en un estado inmaterial, liberada de su dimensión corporal. Es decir que, al morir, o bien no nos llevamos nada con nosotros, o nos llevamos el cuerpo y el alma o, eventualmente, solo el alma. Inmediatamente, claro, surge otra pregunta: ¿podríamos llevarnos algo más? A los fines de que los difuntos no pasaran necesidades en la otra vida, muchas sociedades tenían (y tienen) la costumbre de ofrendarlos y/o dotarlos con objetos materiales.

Además de embalsamar los cuerpos de sus monarcas siguiendo rigurosos procedimientos para que su cuerpo y alma llegaran intactos al reino de ultratumba, los egipcios creían, que estos debían ser enterrados junto con la misma clase de objetos que lo habían rodeado en vida solo que hechos de terracota, piedra u oro. Así, en sus tumbas ponían, además de agua y comida, vasijas, mobiliario, joyas. También colocaban unos muñecos que figuraban ser sus sirvientes (los ushabti).  En la Antigüedad griega, los muertos solían ser enterrados con una moneda debajo de la lengua. Este óbolo tenía por fin que el difunto pudiera pagarle a Caronte, el barquero que lo conduciría hasta el Hades atravesando el río Aqueronte, por su servicio de transporte. Aquellos que no podían pagar, supuestamente deberían vagar cien años por las orillas del río, antes de que Caronte accediera a llevarlos gratis.  En la Antigua china, un Emperor como Qin Shihuang, poderoso líder que levantó la Gran muralla, unificó el país y estableció a Xian como la capital del Imperio, fue enterrado junto a sus hoy famosos soldados de terracota, todo un ejército  de muñecos a fin de que lo protegiera de sus enemigos en el más allá. Los vikingos, por su parte, realizaban los enterramientos de sus muertos dotándolos de sus objetos cotidianos -utensilios, herramientas, objetos de su tocador- dado que posiblemente los necesitarían en el otro mundo. En ocasiones también eran equipados con agua y comida para que no sufrieran ni sed ni hambre en su viaje hasta su destino. Aquellos que eran ricos en vida eran enterrados también junto a sus objetos suntuarios. En el contexto del hinduismo, existió inclusive la costumbre del Satī, práctica funeraria en la que las viudas eran quemadas junto con sus esposos para que lo acompañaran en sus tiempos de ultratumba. Mientras que, como vemos, es común a muchas culturas el reverenciar a los muertos ofrendándoles flores, banquetes mortuorios, (en este caso, México sería un ejemplo paradigmático), objetos, acompañantes, en oriente existe la costumbre de homenajearlos ofreciéndoles dinero: el dinero de los muertos.

 

Si soy lo que tengo y lo que tengo se pierde, entonces ¿quién soy?

Nuestra experiencia en tanto seres humanos nos ha enseñado que no poseemos ningún derecho ni poder de decisión sobre la vida. La misma experiencia nos ha indicado que, al contrario que los seres vivientes, los objetos no mueren. Esta dolorosa comprobación lleva a la frecuente y paliativa confusión simbólica entre el ser y el tener. Dado que la noción de “tener algo” implica la ilusión de una sustancia permanente e indestructible y sobre lo cual podemos tomar eventualmente decisiones, si lo que poseo constituye precisamente mi ser, esto significa que me convierto, simbólica y tranquilizadoramente, en un ser inmortal.

En si libro Tener y ser (1976), el psicólogo y sociólogo Erich Fromm mencionaba cómo las sociedades modernas se habían vuelto materialistas prefiriendo siempre el tener al ser. A su criterio, cada sociedad elige uno de estos dos modos de existencia, caracterizándose el primero por su voluntad de poder, su agresividad y su ambición y el segundo, basado en cambio en el amor, el placer, la voluntad de compartir. Las ideas de Fromm no están lejanas a las creencias de la filosofía hinduista vedanta, que cree que el concepto de propiedad surge de la sensación de estar separados del resto del universo. La propiedad, el hecho de tener, nos da la ilusión de volver a estar conectados, de ser un uno otra vez con los objetos y con el todo. Pero de hecho, esta filosofía también señala que la propiedad misma es una ilusión. Desde la teoría crítica, desde la filosofía vedanta, lo cierto es que se ha señalado reiteradas veces que nuestras relaciones con el dinero no del todo lógicas ni racionales. En nuestra relación con él hay algo que parece concernir más bien al orden de nuestras vinculaciones afectivas.

El carácter mismo del capitalismo no sería puramente utilitario sino también libidinoso e irracional. Ya Freud había establecido una relación entre el afán de tener dinero y la situación narcisista infantil en la fase anal. Concretamente, a partir del motivo de las heces. Estas constituyen algo sumamente valioso para el niño por el mero hecho de que se desprenden de su propio cuerpo. El sentimiento de propiedad es prototípico en esta fase de la maduración del ser humano en la que lo que se posee parece ser tan parte de uno como el propio cuerpo. La antropología ha detectado numerosos símbolos, leyendas y proverbios que avalan la similitud simbólica entre dinero y heces señalada por Freud, desde la popular figura del "cagaducados" representada en las fachadas de algunos bancos alemanes, hasta la "gallina de los huevos de oro". Pero la misma psicología también ha estudiado otras correspondencias simbólicas entre el afán de poseer dinero y los propios fluidos corporales. Tal es el caso de la relación dinero-esperma, rastreable, por poner un ejemplo, en el motivo iconográfico del mito de Júpiter poseyendo a Dánae a partir de una lluvia de modas de oro.

La psicología clínica podría proporcionarnos incontables casos de modos enfermizos en los que se experimentan los sentimientos de propiedad. En el amor narcisista perverso al dinero, ya no se trata de tener algo, sino de tenerse a uno mismo. En todo caso, para un sociólogo como Georg Simmel, tal como lo establecía en su paradigmática obra Filosofía del dinero (1907), el dinero tiene su origen en el deseo, ya que si todo deseo pudiese encontrar su satisfacción automática y sin ningún tipo de obstáculo, el sistema monetario nunca hubiese sido creado. Con el dinero, el sujeto pretende cubrir una carencia interna y conquistar una seguridad a través de la compra y la propiedad de objetos. La realidad es que, por el contrario, se está situando en una posición cada vez más insegura pues, como expresa Erich Fromm en sus análisis sobre el tener y el ser antes citado: si soy lo que tengo, y lo que tengo se pierde, entonces ¿quién soy?

 

Invirtiendo en el futuro

La necesidad de tener se basa en la ilusión de estar separados del universo, se basa en una fuerte inseguridad en cuanto a nuestra identidad y a la esencia misma de nuestro cuerpo, se basa en la necesidad de sustituir objetos de deseo.

También se basa en el deseo de no morir.  Todo ser vivo quiere no morir, a pesar de la irrefutable evidencia empírica de que moriremos. Debido a esto, el ser humano busca maneras de creer en que hay “algo” que lo hará inmortal y le permitirá seguir viviendo más allá de su muerte. Este “algo” toma diferentes formas: la inmortalidad de los faraones embalsamados, el paraíso cristiano o musulmán, el mismo afán de gloria o de quedar en la posteridad, el afán de poseer riquezas. En este último caso, sus posesiones  materiales quedarán asociadas, en tanto de su propiedad, a él, a su cuerpo, a su alma y sobrevivirá en ellas.

Esta concepción materialista occidental no es desde ya la que prima en el motivo de los Hell Bank Notes chinos. Las ofrendas involucradas en el culto a los

muertos en Oriente tienen por fin pagar un tributo a los parientes fallecidos y asegurarse el favor de los espíritus en la propia vida de ultratumba. Los descendientes se comunican con sus ancestros como si estos estuviesen de alguna forma vivos,  pidiéndoles que intercedan por ellos cuando llegue su hora. Sin embargo, en estas “riquezas votivas” está indefectiblemente presente el intento por traspasar esa línea que divide el más acá del más allá. “Negociando” con nuestros difuntos,  la irreversibilidad de la muerte se vuelve, de alguna manera reversible

 

*La traducción literal sería “billetes del infierno”. La palabra “infierno” no tiene connotaciones negativas. Pasó a la China a través de los misioneros cristianos. Estos predicaban que quienes no se convirtieran al cristianismo “se irían al infierno”. Debido a un error de traducción e interpretación, quedó establecido que “infierno” era el lugar al cual iban a parar los seres humanos después de morir.  O sea que quedó como un término para referir al “más allá” en un sentido amplio.

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